Las Rosas de Hércules

Centrándonos ya en Las Rosas de Hércules, esta obra viene a ser un compendio de sus poemas más conocidos. Está formada por varias partes, cada una de las cuales presenta una unidad temática determinada: "Vacaciones sentimentales", "Poemas de asuntos varios", "Poemas del mar", "Himnos fervorosos", "Alegorías", "Epístolas, elogios y elogios fúnebres", "Poemas de la ciudad comercial" y "Palabras de la amistad".

"Vacaciones sentimentales" comprende seis poemas donde el autor evoca su infancia. En ellos Tomás buscaba, como escribió Ramiro de Maeztu, "el valor profundo de las cosas que aparentemente valen poco" (ARTILES, J. y QUINTANA, I., 1978: 196). Son, por lo tanto, poemas llenos de recuerdos infantiles: los primeros juegos, las primeras amigas, el primer paisaje, el primer beso, la noche aldeana, los verdes maizales, los gallos madrugadores, el hijo del herrero y el recuerdo de la hermana.

En "Poemas de asuntos varios", que dedicó a Villaespesa, se combinan elementos mitológicos, grecolatinos y eróticos.

Los "Poemas del mar" quizás constituyan la parte más conocida del libro. Está formada por dieciséis sonetos, un final, una dedicatoria a Salvador Rueda y un largo poema titulado "Los puertos, los mares y los hombres de mar". Hacen referencia a diversos puertos que ha conocido el poeta: Las Palmas, Santa Cruz, Cádiz, Lisboa, etc. y forman un verdadero tributo lírico al ambiente portuario.

Casi todos los temas fundamentales del mar de Tomás Morales aparecen ya en Ignacio Nerín, que publica en Madrid en 1860 su libro de motivos marinos titulado La poesía del mar. Por lo tanto, salvando las características peculiares de cada uno, podríamos considerar a Ignacio Nerín como el precursor de Tomás Morales. Sin embargo, la obra de Tomás marca un momento cumbre en la literatura canaria, ya que ningún otro poeta supo elevar a tan egregia altura este mar. Por eso, el gran poeta y catedrático, nacido en Telde, Fernando González, escribió con exactitud estas palabras:

 "En Cádiz estudió Tomás Morales los primeros años de la carrera de Medicina. Luego, de una manera irregular la terminó en Madrid. En sus viajes, en época de vacaciones, sobre el Atlántico, aprendió el ritmo de las ondas, se nutrió de noción de lo infinito, abasteció su despensa intelectual de substancias eternas y, dueño de una verdad casi desconocida, empezó su cantar. Su voz poética era un acento nuevo en la poesía española de entonces. Cantaba al mar. Cada estrofa suya era como un trozo de Océano, cuyos versos fueran cuatro olas que iban a morir a la playa armoniosa de la rima." (PADRÓN ACOSTA, S., 1966: 356)

"Himnos fervorosos" se compone de varios cantos de gran aliento épico, donde destacan algunas composiciones sobre el tema de la I Guerra Mundial y sobre todo la "Oda al Atlántico", que consta de veinticuatro partes y es un grandioso homenaje al gran Océano y a los intrépidos navegantes que se atrevieron a surcarlo en la remota Antigüedad, en el tenebroso Medievo o en el esplendoroso amanecer del Renacimiento, marcado por los grandes descubrimientos geográficos.

"Oda al Atlántico" es su máxima creación, la cumbre de su plenitud artística. No existe en la poesía española un canto al mar tan maravilloso como éste. Es un "mar no mitológico, aunque mitos marinos ostente; es un mar de espumas saladas, mar de yodos y de arrecifes y de peñascos y de arena y de playas". (PADRÓN ACOSTA, S., 1966: 358).

En la "Oda al Atlántico" convergen todos los elementos fundamentales y constitutivos de los grandes poemas de Las Rosas de Hércules. El mar de la Oda como resumen y síntesis de los mares imaginados, vividos y soñados por el poeta. En ella se nos ofrece la culminación del tema Mar-Hombre, Mar-Tierra, Mar-Destino. En esta Oda se canta al mar desde su origen, en su eterna relación con los dioses y los hombres.

Es una silva modernista con 80% de versos alejandrinos, un 18% de heptasílabos y un 2% de endecasílabos. La Oda está encuadrada entre la primera y la última estrofa, correlativas entre sí, en las que el mar aparece como objeto personal del amor, de posesión juvenil, de fuente de fortaleza. Empieza proclamando su amistad y dotándolo de todas las hermosas cualidades de su masculinidad, enlazándolo con su éxtasis de asombro y de encanto de la época juvenil.

Morales logró como ningún otro poeta la visión y la expresión poética del mar, de sus elementos relacionantes y de sus hombres no por mera casualidad, no porque fuera un poeta isleño, sino porque el tema se infiltró en su ser desde su propia infancia. El mar de Morales es el mismo que sus ojos contemplaron desde su niñez, desde los rincones del pueblo de Moya, donde nació.

En "Alegorías" destaca la "Balada del niño arquero" donde la llegada del amor se representa bajo su disfraz clásico de Eros, armado con sus temidas flechas, hacia las cuales el poeta quiere ser esquivo, pero ante las que termina por ceder.

En "Epístolas, elogios y elogios fúnebres" encontramos diversos poemas dedicados a próceres isleños, como Luján Pérez, Néstor, Pérez Galdós, Bernardino Ponce, Fernando Inglott, Luis Millares Cubas, etc. También a su antiguo profesor Diego Mesa de León dedica una dolorosa elegía titulada "En la muerte de un educador".

Los "Poemas de la ciudad comercial" son bastante conocidos y cantan el auge que iba adquiriendo la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria por aquellos años. Las Palmas y Santa Cruz son ciudades muy jóvenes. En el siglo pasado, según el testimonio del cronista canario D.J. Navarro, Las Palmas era todavía poco más que un pueblo indolente, sucio y sin los más elementales servicios públicos: sin posadas, sin luz, sin policía urbana... Aun contando con la exageración del cronista la diferencia entre aquella población de alrededor de ocho mil habitantes y la de hoy es realmente extraordinaria.

Tomás, en el "Canto a la ciudad comercial", describe minuciosamente a su ciudad de Las Palmas, señala su emplazamiento "sobre la ensenada, siguiendo la curva del litoral", sigue luego el relato de su historia y de su rápido incremento con la instalación de casas armadoras y carboneras en el puerto de La Luz. Contrapone el silencio sereno del barrio de Vegueta (al que añade una bella descripción de la casa típica canaria) con el agitado tráfico del puerto y la vida bulliciosa de la calle de Triana. La calle mayor era entonces el lugar de confluencia del comercio isleño, con sus toldos de lona dando sombra a las aceras, sus tiendas de turcos, sus ingleses, su chirriante tranvía, etc.

El libro finaliza con "Palabras de amistad", donde se recogen poemas dedicados a su esposa, a sus amigos, al volcán, etc.

En definitiva, Las Rosas de Hércules es un libro que refleja exactamente la época en que fue escrito, por lo que además de su valor intrínsicamente poético, aporta valiosos elementos de información histórica para reconstruir el ambiente y la vida de la isla a principios del siglo XX.

Para terminar, es preciso nombrar de manera breve la importancia de la figura de Rubén Darío, no sólo como representante máximo del Modernismo sino por la gran influencia que ejerció sobre la producción de Tomás Morales. De él aprende sus sederías, sus gemas, sus brocados y esa métrica maravillosa, esa predilección por la palabra bordada y burilada. Donde mejor se observa esta influencia del poeta nicaragüense es en "A Néstor", donde predominan las metáforas, las alegorías y las descripciones mágicas, pero aquí, sin embargo, citaremos la "Oración" incluida en la alegoría "A Rubén Darío en su última peregrinación" donde es el mismo poeta quien a la muerte de Rubén le agradece toda su influencia y sus enseñanzas.

¡Rubén, arca del sacro pensamiento latino!

Tu índice iluminado nos señaló un camino,

mas era sólo tuya la inmaterial virtud.

Ritos y formas nuevas buscó tu poesía…

¡Maestro! Al fin hallaste la perfecta Armonía.

¡La última pauta lírica reposa en tu quietud!

 

Perdón si es que el poeta, loco o irreverente,

puso un pagano mirto sobre tu helada frente

y vertió, en vez de lágrimas, rocío, vino, miel…

Que, al exprimir la viña sabrosa de tus días,

vio cómo a los cipreses las rosas preferías,

y al funerario sauce, los brotes del laurel.

 

Llore el ciprés al muerto, no al que es eterno y fuerte:

la pena de los dioses es no alcanzar la muerte

clamó tu boca un día, soberbia de ideal.

No fue tuyo el destino de los demás humanos:

-Thanatos y el Olvido son logaritmos vanos-:

el Verbo, la substancia del Dios, te hizo inmortal.

Febrero de 1916
("Alegorías", Libro II de Las Rosas de Hércules)

De Tomás Morales escriben el poeta Gabriel Alomar, Ramírez Ángel, Ramiro de Maeztu, Díez Canedo, Antonio Machado, Edmundo González Blanco, Valentín de Pedro, Carmen de Burgos, etc.

En cuanto a su influencia en otros artistas contemporáneos destacamos a Fernando González, quien quizás pudiera apellidarse "el discípulo de Tomás Morales", Saulo Torón y Alonso Quesada.

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