El Modernismo literario

Como Juan Ramón Jiménez muy bien afirmó: el Modernismo es una actitud universal que no se puede delimitar. Dicho término conlleva, pues, una revalorización: hace referencia, ante todo, a un deseo de evolución, de ir con el tiempo. Por eso, la meta del poeta moderno, según este insigne escritor, será escribir con arreglo a las ideas nuevas, es decir, verso libre, toda la sintaxis moderna; es decir, escribir como uno vive, en su época. No seguir necesariamente imitando a modelos anteriores. (CIPLIJAUSKAITE, 1966: 102).

Este afán de búsqueda y de ensayar nuevas posibilidades expresivas aparece como una característica latente en la producción de Rubén Darío, la figura más representativa de este movimiento. Su intención fue desde el principio luchar contra los preceptos anticuados y el anquilosamiento de la forma; una lucha que en ningún momento fue fácil.

La influencia de Darío y del Modernismo en general será fundamental en la producción literaria de Tomás Morales y de su contemporáneo y amigo Alonso Quesada, los dos poetas canarios más trascendentes de la época.

En los principios del Modernismo hay tres componentes importantes: el Romanticismo, el Parnasianismo y el Simbolismo. Mientras que la rebeldía del Romanticismo se vuelve frecuentemente hacia el pasado, el Modernismo mira hacia el futuro y muestra un dinamismo y un deseo de ir con el tiempo.

Con respecto al Simbolismo, éste se denominó inicialmente "Decadentismo" por su deseo de suspender el tiempo. Es una actitud que está muy presente en las primeras obras de Juan Ramón Jiménez, donde observamos un poeta enfermizo, indeciso y lloriqueante.

Pero Rubén Darío, que llega a nuestro país lleno de vigor y de energías innovadoras, no puede aceptar esta actitud y declara que la poesía francesa (donde surge principalmente el Simbolismo) está "enferma", que sus poetas se han vuelto "neuróticos y diabólicos", y que necesitan sangre joven. (CIPLIJAUSKAITE, 1966: 111).

Luego, con el Simbolismo propiamente dicho, el artista quiere construir descubriendo nuevas posibilidades. Su aspiración de aclarar el misterio de la vida y de la muerte y de la creación se convierte en pauta entre los poetas modernistas del siglo XX.

Para los poetas modernos, llegar a cautivar el misterio de la poesía es también una experiencia mística, y por eso se sirven del lenguaje de símbolos ellos también.

En la obra de Tomás Morales Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar, aparecida en 1908 cuando él todavía era estudiante de Medicina en Madrid, se advierte fácilmente la influencia de un seudo-simbolismo ya utilizado por Darío. En ella aparecen princesas tristes, fiestas galantes, cortesanas, pastores y caballeros enamorados. Así, aquí apenas aparecen elementos de su propia vivencia, que serán tan característicos de su posterior producción poética.

El Modernismo artístico

El periodo de gestación del Modernismo artístico abarca tres décadas: las primeras obras aparecen en las dos últimas décadas del siglo XIX, la de 1880 y la de 1890. A partir de 1900 el movimiento se encuentra ya en su plenitud y en los años anteriores a 1914 hallamos un Modernismo tardío.

Sin embargo, esta distinción no es aplicable al caso de Canarias, donde encontramos una cultura modernista algo tardía con respecto al movimiento europeo. Exceptuando la obra de Néstor, las primeras obras modernistas aparecerán en la década de 1910.

El Modernismo huye de los efectos ópticos tradicionales e intenta que el fondo y la figura dibujada se fundan y se interpreten como una unidad continua. El Modernismo sirve para describir actitudes y posturas y no para profundizar en las emociones.

El Modernismo intenta ser plural, en el sentido que intenta mezclar símbolos y conceptos de todas las disciplinas artísticas, por lo que a veces el artista se convierte en ilustrador de palabras y el poeta, a su vez, en pintor. Por ejemplo, Tomás Morales se metió literalmente dentro de un cuadro de Néstor para crear su poema "A Néstor. Epístola".

El Modernismo fue por excelencia un movimiento narcisista cuyos rasgos principales podrían perfectamente resumirse en un ensimismamiento en la propia hermosura y un culto a la estética corporal.

Pero al contrario que el Modernismo literario, de importancia vital para el desarrollo de la literatura insular, el Modernismo artístico apenas tuvo significación en Canarias, destacando casi únicamente la figura de Néstor.

La obra de Néstor está ligada a cierta parcela del Modernismo catalán y, aunque participó en muchas de las artes típicas de este movimiento (arquitectura, cristal, cerámica, joyería, etc), sería un error clasificarlo como puramente modernista, a pesar de que pudo haberse contagiado con su espíritu y verse influenciado por él. Esto se debe a que Néstor pasó su periodo de formación en Inglaterra, bajo el influjo de prerrafaelistas como Rossetti, Watts y Burne-Jones.

La música en el movimiento modernista

A finales del siglo XIX el panorama musical romántico había quedado definitivamente alterado, como lo mostraba la música de Wagner. Se había llegado a la desintegración de la tonalidad. El uso del color del sonido, haciendo que muchas notas se quedasen fuera del tono principal, dio lugar al cromatismo, que sería una de las principales características del Impresionismo francés, considerado como el iniciador del arte contemporáneo. Comienza siendo un movimiento pictórico creado por un grupo de amigos (Monet, Manet, Pizarro, Degas, Renoir, Cézanne y otros) que comienzan a pintar en la década de 1860 dando importancia a la luz y al color e inspirándose directamente de la realidad. El Impresionismo nace como una auténtica revolución que supone ante todo la liberación del artista.

Inmediatamente, en música sucede algo igual por influencia sin duda de la pintura y así surge el compositor revolucionario Claude Debussy, que llevará a la música la misma innovación. El Impresionismo aplicado a la música es posterior y comienza en 1887.

Lo que va a hacer la música del Impresionismo es rescatar la música de la influencia del Romanticismo. Se tomará la naturaleza como punto de partida y no se destacará el objeto en sí, sino la impresión o impacto que produce ese objeto. Como consecuencia, la melodía se convierte en algo fragmentario, algo que evoca lo esencial, lo que contribuye a crear más que otra cosa una atmósfera sonora, imprecisa, tan imprecisa como la línea en pintura. Además, los sonidos se superponen dando una belleza sensual, ya que el sonido se valora en sí mismo, como objeto de placer y sin ninguna finalidad. Estamos, por lo tanto, ante una concepción esteticista del arte.

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